Caminé por toda la avenida Fuencarral hasta llegar al muladar donde escucharía a Nada Surf. No me había bañado en cuatro días. Mis axilas hedian bajo mi abrigo; había tenido sexo hace tres noches, y probablemente mis genitales apestaban a miasmas rancios, de olores conmemorativos.
Cuando salí del concierto iba acompañado por ella. Otra burguesa indolente que también habia huido de México. Ella era de Ciudad Juárez y yo de Tijuana. Narcohabitantes, le dije bromeando, y funcionó porque ambos reimos. Salimos tomados de la mano de la Sala Heineken, y caminamos desde la Calle de la Princesa, rumbo a la Gran Via, hasta llegar a la Plaza Sol.
Lo nuestro es un amor madrileño, me dijo. En la plaza había un mariachi, y alrededor de ellos un grupo de europeos ridículos que aplaudían e intentaban cantar. La pandilla de músicos tocaba Cielito Lindo, y al terminar tocaron la Adelita. Tuve deseos de emborracharme. Probablemente sean dominicanos o de Colombia, dije. El mariachi es un concepto francés ¿sabías? explicó ella con mucha suficiencia. Ni idea. Los únicos mariachis que había visto eran los que se aglomeraban en la plaza Santa Cecilia, en Tijuana, y los infames apenas tocaban canciones norteñas, gruperas y tambora sinaloense. Incluso entonaban el Niño Perdido, una jodida canción que originalmente es asunto de banda sinaloense, con trombón y tarola. Tú qué has visto en Ciudad Juárez, le pregunté, y me respondió: el mariachi es para cuando cumple años tu mamá, o cuando quieres convencer a una palurda idiota que eres un tipo romántico con detalles en desuso.
Nos metimos en un bar en calle de Preciados. Pedimos calimochas, porque eran baratas, y el mesero nos miró con desprecio. Lo notaste, le pregunté. Notaste que nos miró con asco, por pedir tragos jodidos. Ella asintió y murmuró: en Ciudad Juárez lo hubiera cosido a tiros por grosero. Aquí tienen muchos privilegios, bromee. Si tuvieras y pudieras - e hizo un ademán de pistola con una mano - ¿que le harías al mamoncete? Y le contesté, mirando hacia la barra, buscando al empleado cabrón: le metía unos tres tiros para que se le quite lo juicioso.
También opinamos lo mismo de los sudacas que se sentaron a lado nuestro y derramaban todo en algarabía. Tuvimos que salir de ahí por culpa de ellos, pero lo hicimos con tragos en la mano. Afuera todos toman en la calle. Incluso vomitan, y la policía ni se inmuta. En Tijuana ya nos hubieran violentado, mamacita, le dije. En Tijuana ya me hubieran pasado báscula y a ti también te hubieran manoseado tus cositas los putos policías que van y vienen en pick ups, enmascarados, en convoys de tres vehículos, en grupos de nueve, porque tienen miedo de que los narcos se los cojan a todos; que risa me dan.
Caminamos a nuestro antojo hasta llegara a Gran Via y de ahí a Fuencarral, riendonos de la bola de borrachos que caminaban por doquier, de la chamacada intrincada, colorida, humeante o tosijosa, que carraspeaba los licores o que deglutía la pizza de dos euros la rebanada. En una de las banquetas estrechas de la calle de las Tres Cruces estaba una pareja de lesbianas, regordetas, una de ellas vomitando con arcadas escandalosas, y la otra recogiendole el cabello, remangando su abrigo, y mientras yo le preguntaba si todo estaba bien, ella les robó una botella de whisky que habían dejado en el suelo. De haber estado en Tijuana les hubieramos robado hasta el bolso, nena, le dije, y nos fuimos abrazaditos, a pasito pequeño, con nuestras caderas rozando.
Por idea mía fuimos a dar a la Plaza Dos de Mayo, que estaba retacada de gente, todos jóvenes, y algunos trasnochados sin edad, y ahí un magrebí nos quiso vender hachís, primero, y cuando le dije que no, luego intentó asaltarnos discretamente, calladito, con todo mundo ahí. Le dije en perfecto español que sin arma lo único que iba darle era una bola de putazos; una bola de qué, me preguntó. Te va moler a palos, pinche negro jodido ¿qué no entiendes? le explicó ella. El morenito sacó una navaja muy europea, muy linda y brillosa, y nos la mostró sin hacer aspavientos, apenas para demostrar que la cosa iba en serio y que iba armado. Luego de sonreirle, mi valentía incipiente se esfumó cuando descubrí que a mi lado estaba otro tipo, un blanquito muy lindo y muy español que parecía su cómplice, y que asentía en ese idioma universal que significa burla, joda y asalto.
Nadie parecía notarnos. Los asaltantes, yo y ella. Eramos como un escenario aparte, una esfera social ajena, una fiesta que celebrabamos los cuatro pero sin más invitados. Voltee a verla y noté su temor. Y si grito, y si me resisto, y si peleo, y si le doy una patada en los testículos al negro y un puñetazo a su amigo, me pregunté. Trás el negro había una cornucopia de fulanos y fulanas, cantando con guitarra y riendo; detrás del complice, a dos metros, una pareja se relamía en besos y manoseos. Nadie se ha dado cuenta que nos están asaltando, me dije, y cedí: le di mi cartera, que tenía veinte euros y mi tarjeta de débito, y los vi largarse campantemente, o más bien alejarse unos metros, los suficientes para seguir vendiendo droga en la misma plaza.
Qué sucedió, le pregunté. Pues nos asaltaron, me respondió. Puta madre, y qué hice, pregunté, como si no me hubiera dado cuenta, como si estuviera saliendo de un trance. Actuaste como asaltado, contestó ella. Y así actúa un asaltado en Madrid, pregunté. Al menos así actúa uno en Ciudad Juárez, afirmó ella. Cuando nos comenzamos a alejar, rumbo a su hotel, con el consuelo mutuo del sexo venidero, me dijo: al menos fue un africano y un español, y no un sinaloense o un indocumentado recién deportado.
Que me dijera eso solo me hizo sentir peor.
am
Estaba esperando el camión como de costumbre, la única diferencia se hallaba en que el sol estaba frente a mí y no detrás de mí, sin pasar por alto que se me había hecho tarde. Muy tarde, nuevamente, culpo a la sordera matutina. El camión no llegaba y se hacía más tarde. Cinco, diez, quince minutos tarde, me distraía con el pasar de los autos y se hacía más tarde. Entonces vi que un jovenzuelo se acercaba lentamente a mí, parecía de unos 17 o 18 años, hizo un ademán y me vi obligada a quitarme los audífonos. ¿Disculpa, sabes que camión va para la universidad? Sí, cualquiera que pase frente a esta esquina va a la universidad. ¿Tú vas a la universidad? Sí. Me subiré al camión que tú te subas. Está bien. Comenzó a justificar su torpeza. Dijo que él no vivía por estos rumbos, se había quedado a dormir con un amigo de su facultad, era foráneo –cosa por la que sentí cierta compasión y empatía- estudiaba ciencias políticas, acababa de entrar a la universidad, iba a repasar unos temas y, antes de que me viera se sentía perdido. Ya viene el camión –le dije- hicimos la “parada” y ambos nos subimos. Debo admitir que cuando estaba próximo el camión pensé que me podría deshacer de él, pero no fue así. Se sentó junto a mí y me hizo la pregunta que últimamente temo responder pero aún así respondo con nerviosismo y hasta cierto punto: vergüenza. Hablamos durante el tiempo que duró el viaje. Le dije qué es lo que estudio y después, comencé a justificar mi torpeza. Sin embargo, parecía que platicaba con la ventana y no con él. Llegamos a la universidad y nos bajamos del camión. Tengo que tomar un camión que me lleve al sur de la ciudad. Oh! entonces no sigas caminando, quédate aquí, ahorita pasará un camión que va para allá. No, tengo que ir a la biblioteca a estudiar un poco. Bueno. Mientras caminábamos empezó a justificarse otra vez: iba a estudiar en la biblioteca porque en su casa no se puede concentrar y tenía examen el lunes. Yo justifiqué mi asistencia a la escuela en sábado. Llegamos a la entrada de mi facultad y me preguntó dónde estaba la biblioteca, le dije como llegar a ella y se despidió. Me tendió la mano y yo le correspondí diciéndole: es un placer el poder justificarse de vez en cuando con un desconocido.
annie
Antes de hora
Empezamos a beber muy temprano. Consecuencia: nos pusimos pedos muy temprano. Lear se despidió y yo intenté webear (tuiter feis blogrrol fotos de rumanas) cuando se fue la luz. Me recosté mientras volvía. Me quedé dormido. Me desperté con cinco focos prendidos a las tres de la mañana. Pensar, pensar, pensar. Intentar dormir, pensar, pensar, pensar. La plática más borracha improvisó una novela imposible, nicks mutantes a lo largo de una década de internet. Azucena antes fue Poison_Blood y antes Justine_Escarlata y antes Aquelarre; Narrateitor también es Erecteitor y Meursalud y No_existo. Y alrededor hay cinco y ocho y diez nicks que transmutan cinco ocho y diez veces, nombres pornográficos, literarios, idiotas, juegos de palabras, soberbias de tres sílabas, alardes wikipédicos; versiones caseras de rosebud. Todo, por supuesto, entre la moda del icq y el fallido yahoo messenger y el emblemático por irremediable msn y de ahí el blog y de ahí el caralibro y de ahí el aforismo tuitero. Atrás, por supuesto, hay personas, pero sabemos poco de ellas; no importan las personas. Anodinas las personas. Todo debe ser irreal. La experiencia es la expresión, acuñar nombres, sentencias, desvaríos, ingenios. Novela del lenguaje, pues; ¿por dónde habría que empezar? ¿Por dónde sigo la que está en proceso? ¿Cómo le hago para dormir? Una cerveza, los dos dedos que quedaron de la tella de vino. Uno dos tres cuatro cigarros. Pensar pensar pensar. Los infomerciales destruyeron los insomnios gratos. Jornadas anteriores de insomnio eran buenas porque pasaban telenovelas peruanas. Ahora nomás hay testimonios de tipos que sufren de la próstata. Así es imposible dormir. Prendo la computadora. A las cuatro de la mañana el internet parece un pueblo fantasma. Son fantasmas los que contestaron tests de comics, los que aceptaron invitaciones de conciertos, los que subieron fotos de pedas, los que se ligaron con requiebros ingeniosos. ¿Todos duermen? Si los lees cuando duermen, suena irreal. Regreso a la cama. Intento leer novela. Intento leer poesía. Intento leer ensayo. Intento leer una oscura revista de constructores. Regreso a la computadora. A las cinco de la mañana el internet parece un pueblo fantasma. Pero hago cuentas: muy temprano tengo entrevista. Si insisto en dormir no llegaré a tiempo. Mejor sigo despierto. Mejor me hago un café. Mejor salgo por cigarros. El Oxxo está abierto pero prefiero hacer tiempo hasta el Extra de dos cuadras adelante. A las cinco y media de la mañana la ciudad parece un hi5 fantasma. Pasan los trailers que no pueden cruzar la ciudad de día. En los noventa queríamos treparnos a un trailer, irnos lejos, empezar de cero una nueva vida. ¿Cada cuántos años se renuevan las aventuras poéticas? ¿Cuál es la de ahora? Marlboro. Rojos. Conocer muchos nicks con muchas fotos y muchas pretensiones mundanas y líricas. O eróticas y citadinas. O campiranas y kinkis. O místicas y geeks. O. Irreal. ¿Y si posteo algo así en Las opiniones del Rufián? Ahí ando mamón. Académico. Cerrado en mí mismo. Irreal. Cuando leí Moteros tranquilos, toros salvajes, de Peter Biskind, encontré dos páginas que me gustaron. Me hicieron pensar en el buen Mike Goodnes, tan hijo de puta con George Lucas. Las copio. Las subo. Habrá pocos comentarios. No importa. Sí importa. A todos les importan los comentarios. A todos les importa la titilación del msn. A todos les importa el New Message de cualquier red. A todos les importa la confirmación del disfraz de sí mismos. También nos importan los fantasmas.
Empieza a poblarse la interfaz fantasma. Les cuento a algunos de mi insomnio. Recomiendan pastas, leche tibia, tumbarme a dormir. Resuelvo por el café, cargadísimo, que en vez de despertarme me dopa. La sensación flotante me lleva a hacer la entrevista sin gran convicción. Pero camino por la Condesa, la gente es rara, pasea perros insoportables de lo bien educados, adivino los nicks que deben ponerse para presumir un tercio de mitad de personalidad. Fuera del fb, la gente rial son fantasmas. Yo tengo demasiada cafeína encima. Y necesito un poco de realidad.
Empieza a poblarse la interfaz fantasma. Les cuento a algunos de mi insomnio. Recomiendan pastas, leche tibia, tumbarme a dormir. Resuelvo por el café, cargadísimo, que en vez de despertarme me dopa. La sensación flotante me lleva a hacer la entrevista sin gran convicción. Pero camino por la Condesa, la gente es rara, pasea perros insoportables de lo bien educados, adivino los nicks que deben ponerse para presumir un tercio de mitad de personalidad. Fuera del fb, la gente rial son fantasmas. Yo tengo demasiada cafeína encima. Y necesito un poco de realidad.
¿Sabias palabras?
A lo largo de mi vida, mi madre me ha dado varios tips* de supervivencia. Ya saben cosas relacionadas con el comportamiento en sociedad, para saber que carajos quieres hacer de tu vida y un largo etcétera que se le puede atribuir a cualquier señora madre.
Hay un consejo en particular que cuando recuerdo no puedo evitar sonreír mentalmente.
"Si quieres andar por la vida cogiendo, por lo menos saca provecho de ello. Cobra"
A estas alturas, considero que coger, el sexo, las relaciones sexuales, echarte un polvo, hacer el amor o cualquier otro sustantivo que se te ocurra es algo placentero y que cuando deja de serlo, es hora de comenzar a cobrar.
No se cuando vaya a seguir el consejo de mi madre.
annie
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